
Nos lo decía ayer un vecino de Caceres: “No nos va el papel de pordioseros, con la mano extendida y pidiendo
una y otra vez nuestra entrada en el Mercado Común, la OTAN y la devolución de
Gibraltar, “por el amor de Dios” —que diría un mendigo— y teniendo que tragar
con todo lo torcido que puedan hacer los países que nos puedan ayudar en este
empeño.
Estamos perdiendo —o hemos perdido ya— nuestra personalidad. España,
como nación y en la política internacional, no obra con arreglo a las apetencias
y deseos de “la base”, del pueblo, y
se nos está fabricando una imagen fuera que, al menos, al hombre de a pie no le
gusta.

Yo no se —agregaba nuestro interlocutor— por qué pasan estas cosas,
pero luego no debe extrañarnos que el mundo en general y nuestro mundo hispano
en particular, con tanto “templar gaitas”
a Inglaterra acaben llamándonos —a nosotros y a nuestro Gobierno— “soplagaitas”, que es lo menos que pueden
llamarnos…”
Yo no sé si este cacereño tiene razón o no, pero la cosa es para
meditarse, porque con “paños calientes”
no vamos a ir, internacionalmente, a lado alguno.
Diario HOY, 4 de mayo de 1982
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